|
HISTORIA DE ZIRAUKI |
|
CLESIASTICAMENTE mantiene un entramado material evocador de un rico pasado. Perteneciente al arciprestazgo de Yerri, en la parte alta de la población está el templo parroquial románico de San Román. Próximo a él se alza el gótico de Santa Catalina de Aniz, topónimo que designa un despoblado medieval cuyos últimos vecinos se trasladaron a la zona intramural de la villa, en torno a esta iglesia, según una tradición local que tiene viso de responder a un hecho histórico. No lejos de la villa hubo dos pueblos. El de Aniz conserva la iglesia de Santa María, del siglo XIII, actualmente en reconstrucción (1997), al N. de la carretera que viene de Mañeru. Al NO., junto al viejo camino de Santiago, perduran las ruinas del templo románico de San Miguel de Urbe, cuyo ábside decoraron canecillos esculturados. Al frente de la iglesia parroquial de Santa Catalina de Aniz había un abad, duya designación correspondía a los parroquianos. Era abad de San Román el Canónigo prior de la catedral de Pamplona, que percibía la mitad de los diezmos y nombraba vicario al clérigo presentado por los parroquianos. Un cabildo eclesiástico de beneficiados atendía el culto en las iglesias. El término estuvo sembrado de ermitas, la mayor parte desaparecidas: Santa María de Aniz, cuidada por el ermitaño Martín de Arguiñano hacia 1650, San Bartolomé, San Cristóbal (perdura en el monte Eskinza), San Polit, Santa Columba y Santa Cruz.
ROMANIZACIÓN.
Cirauqui y la comarca estuvieron profundamente romanizados durante los
primeros siglos de nuestra Era. El templo cristiano de San Román debió
alzarse en un punto con antecedentes sacrales en la época romana. Se
deduce de la existencia "in situ" de un ara erigida por Terencio Marcial
a una divinidad, Losa, muy conocida en la comarca. A ello se añade la
existencia de otros elementos de la época, como el puente medieval,
cuyos estribos parecen datar de la época romana, el tramo vial de "calceara"
conservado hasta tiempos recientes en el tramo entre el puente y el
despoblado de Urbe, los abundantes vestigios de cerámica romana visibles
en superficie al pie del cerro donde está el despoblado, y topónimos
como Urbe o terminados en -ain e -in: Markelain (1574)
y Barbarin en la villa, o Zurindain y Garisoain en la comarca.
LUGAR TRANSITADO. Actualmente la villa, con su estampa medieval cuando es contemplada desde el oriente, ha quedado ligeramente desplazada de la carretera moderna. Sin embargo, la existencia de la calzada y otras noticias posteriores la presentan como lugar muy transitado desde la época romana, durante la Edad Media por los peregrinos jacobeos que venían de Mañeru y continuaban hacia Lorca, salvando el cauce del río Salado, junto al cual sucedió el incidente que refiere Aymeric Picaud en el Cap. VI de la "Guía del Peregrino". La importancia de la villa como lugar transitado no desapareció al menguar el romeaje compostelano. En 1572, año en que escaseó la cosecha de cereal, el concejo acordó tomar 700 ducados a censo destinados a la compra de grano para los vecinos y transeuntes, "por estar dicha villa en puerto y puerto donde acuden muchos biandantes". Para atender a estos transeuntes disponía la villa de un "Ospedaje", dado periódicamente en arriendo con otros servicios concejiles. Entre las condiciones puestas en el contrato de arriendo del año 1572 constaba la obligación de tener "camas bastantes y limpias en casa para los viandantes, paja y cebada para las cabalgaduras", que no pudiera poner "nenguna cama" en el suelo sino "en fusta o con paja y lo demás necesario para una cama". Este cúmulo de circunstancias pudieran hacer pensar en una romanización y latinización intensa de la localidad y su entorno. Motivos parecidos sirvieron a J. Caro Baroja para sospechar que la romanización en la Cuenca de Pamplona y en "el territorio vasco-navarro es más intesna de lo que se decía en las historias", opinión aceptada y repetida después por otros muchos autores. Pero el antropólogo debió haber distinguido entre "romanización" material y social, ciertamente de gran implantación, y "latinización" lingüística, admitida sin duda por quienes adoptaron antropónimos "romanos", fundaron ricas "villae", y dedicaron aras a Losa y otras divinidades. Pero el habla de la población rural mayoritaria debió seguir siendo el vascuence, como continuó siéndolo posteriormente. EL CONDADO DE LERÍN. Otra característica personal de la villa, que la singularizaba entre las localidades de su entorno, fue su pertenencia a los Estados del Conde de Lerín, y la estructura administrativa diferente del resto de pueblos comarcanos. Precisamente de aquí partió la cuestión que motivó el litigio de 1645-50. Carlos III el Noble creó el Condado de Lerín para su hija Juana, al casar con Luis de Beaumont (1425), dotándolo inicialmente con las pechas, derechos y jurisdicción mediana y baja de los lugares de Lerín, Eslava, Sada, Sesma y Cirauqui, a los que posteriormente se agregaron otros. Brianda de Beaumont, quinta condesa de Lerín, casó en 1564 con Diego de Toledo, uniendo luego a los títulos de Conde de Lerín y Condestable de Navarra el de Duque de Alba. La pertenencia de Cirauqui al Condado hizo del pueblo un enclave administrativo peculiar en la comarca. Los vecinos labradores pagaban anualmente al Señor unas pechas en grano. El Condestable ejercía la jurisdicción civil y criminal por medio de unos empleados: un alcalde mayor residente en la capital del Estado de Lerín, un "alcalde y juez ordinario, puesto por el Ilustrísimo Señor Condestable de Navarra" (1570), también llamado "alcalde menor" y su teniente; un merino y su lugarteniente, y un alguacil del Condado. Cirauqui tenía su propia cárcel, en la que eran encerrados los delincuentes por mandato de la Corte Mayor o por el alcalde local. En otros casos los reos eran llevados presos a Lerín y puestos en las cárceles del Condado. En los procesos entablados ante los Tribunales de Justicia de Lerín intervenían sus comisarios para recibir las pruebas y declaraciones testificales. En la época que nos ocupa (1540-1550), el Licdo. Torrea, Alcalde mayor de Lerín y sus Estados, prefería enviar castellanohablantes, lo que motivó atropellos, quejas, y un célebre proceso judicial. Los clérigos escapaban a la justicia civil del Conde y del Consejo Real. En casos de abusos o delitos, eran juzgados por el Tribunal Diocesiano. Así ocurrió con Martín de Iriarte, beneficiado de Santa Catalina. Por haber mucha gente en la guerra, el alcalde había prohibido el año 1639 correr toros el día de la Vírgen de Agosto, como era costumbre. Iriarte no soportó la privación. Soltó las sogas de las campanas de la iglesia y fue a ensogar un toro, golpeando con una horca de aventar a un jurado que trató de impedirlo. Al mismo tribunal correspondió juzgar a Miguel de Apostua, beneficiado de San Román, que se enfrentó a Pedro de Berrio, alguacil del Condado, quebrándole la vara, rasgándole el vestido y abofeteándole. Además de los notarios y comisarios forasteros enviados por el Consejo y la Corte Real o el Conde, trabajaban en Cirauqui algunos escribanos hijos de la villa y euskaldunes. De esta época se conservan los protocolos de Pedro Lezáun (1606-1646), Juan Urabain (1630-1663) y Miguel de Elso (1634-1666). El poder del Condestable y del alcalde mayor de Lerín, su delegado en Navarra, se extendía al ámbito eclesiástico. Aunque la provisión del cargo de abad de Santa Catalina correspondía a los vecinos parroquianos, el voto decisorio era el del Conde, como en 1561. El prior del cabildo catedralicio de Pamplona nombraba vicario para San Román al presentado por los vecinos, pero quien decidía a veces era el Señor de la villa. En 1620, al vacar la vicaría, aspiraron a ella Juan de Munárriz y Miguel de Echala. Los parroquianos dieron sus votos al primero, pero fue nombrado Echala, propuesto por el Duque de Alba (1620). Los rectores de las dos iglesias y los beneficiados del cabildo eclesiástico solían ser naturales del lugar, conocedores del idioma de sus paisanos y de sus costumbres, salvo excepciones como la de Miguel Hurtado, de Salinas de Monreal, que en 1614 renunció a la vicaría de Santa Catalina para servir la parroquia de Olóriz (Orba). Para ejercer el cargo de maestrescuela de niños tenían preferencia en estos tiempos los clérigos de la localidad. Por los años 1635 y 1646 era maestro Miguel de Oteiza, nacido en la villa hacia 1613, casado y sacristán en la parroquia de San Román. Tuvo que dejar la escuela a Juan de Nicoláu, clérigo minorista, estudiante en la Universidad de Zaragoza en 1646, con su paisano Bartolomé de Arquiñáriz.
|