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JUAN ANTONIO VIVES AGUILELLA, T.C. | ||
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IDENTIDAD AMIGONIANA EN ACCIÓN Fundación Universitaria Luis Amigó | ||
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Medellín, 2000 | ||
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Dedicatoria
A mi hermano Ricardo y a su esposa Conchín, cuya casa ha sido para mí, desde la temprana muerte de mis padres, un verdadero hogar paterno.
Con cariño. | |||
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ISBN 958-33-1604-0
© Juan Antonio Vives Aguilella. Carátula, Diagramación y Diseño: Carlos Hernando Zapata Sepúlveda. Digitación: Clara Inés Nieto Alarcón. Impresión: Departamento de Publicaciones Fundación Universitaria Luis Amigó. Medellín - Colombia. | |||
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PRESENTACIÓN | ||||
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Alguien dijo, que para llegar a realizar algo, primero debe ser soñado. Pues bien, hoy tenemos en nuestras manos, un viejo sueño acariciado. Sueño, que sin los conocimientos, el afecto, el sentido de pertenencia congregacional, la agilidad de la pluma y la disponibilidad permanente para cruzar fronteras, del Padre Juan Antonio Vives Aguilella, se nos habría quedado en sueño acariciado y no en la bella realidad, que ahora es nuestra, para alimentar nuestro ser, y para hacer posible el "talante amigoniano", desde unas bases conceptuales. En este hermoso trabajo, construido desde la simbiosis: fe_razón, sentimiento_conocimiento, saber_hacer, se da cuenta de una identidad, que hemos dado en llamar amigoniana, por nuestro Venerable Fundador Luis Amigó, pero que quiere trascender el concepto, y por eso lo de "en acción", para dar razón de una manera de ser en el mundo. El padre Juan Antonio afirmará en su texto que "lo más característico de la maduración amigoniana en el amor es el particular acento que ha puesto la tradición amigoniana en el desarrollo de la dimensión misericordiosa del amor." Para una joven universidad, que se la ha querido jugar toda, en constituirse en un baluarte de la formación humana, porque tiene la certeza, que es ahí donde radica el origen de tantas perturbaciones actuales en nuestra sociedad, el desarrollo conceptual y carismático que en este texto encontraremos, será respuesta para el compromiso universitario de acompañar hombres y mujeres en sus procesos de SER, para que, como competentes profesionales, puedan, en los contextos personales, familiares y sociales en donde se desempeñen, hacer de su vida, una prueba más de que el mundo | ||||
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en donde estamos, sí tiene soluciones, sí tiene posibilidades, sí existe la esperanza. Y al padre Vives, hemos de decirle, que nuestro agradecimiento será compromiso para hacer del bello texto que nos entrega, una opción de vida, en donde la dimensión misericordiosa del amor, sea el signo visible y característica de nuestra madurez amigoniana.
Fr. Marino Martínez P. tc | |||
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PRÓLOGO | ||||
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La presente obra viene a ser como la culminación de un largo y querido proyecto favorecido y sustentado particularmente por el rector de la Fundación Universitaria Luis Amigó, el padre Marino Martínez Pérez. Todo comenzó en noviembre de 1996, frente al fogón de la cocina de la Curia General de los Terciarios Capuchinos en Roma. Yo, para entonces _tras doce años de estancia ininterrumpida en la Urbe_ ya no residía en ella, pero me encontraba allí realizando distintos trabajos de investigación y archivo. Y aquel domingo _porque era ciertamente domingo cuando todo comenzó_ me encontraba cocinando para los de la casa una sabrosa paella, plato típico de mi tierra valenciana. El rector de la FUNLAM _de paso también por la ciudad_ me propuso traducir para los seglares mi tesis doctoral Testigos del Amor de Cristo, a fin de que pudiese servir de texto base para una cátedra sobre Identidad Amigoniana, cuya creación era par él un sueño tiernamente acariciado. Atraído por la idea y sugestionado por el proyecto que también a mí me seducía, le prometí verlo y analizarlo con más detenimiento y sobre el terreno. En enero de 1997 _de camino hacia mi nueva residencia en Chile_, me detuve unos días en Medellín y dicté para los distintos estamentos de la FUNLAM cinco conferencias sobre temas amigonianos. La acogida que se me dispensó, pero particularmente el cariño con que percibí que era recibido el mensaje, me animó a implicarme de forma más directa en lo que ya entonces empezaba a llamarse oficialmente Identidad Amigoniana. Al año siguiente _en 1998 y desde Costa Rica donde había pasado a residir_ tuve en Medellín un nuevo ciclo de conferencias. El proyecto de Identidad Amigoniana era ya para entonces una feliz realidad en la FUNLAM y se apreciaba con claridad cómo día tras día iba adquiriendo de alguna manera fisonomía de cátedra dentro del saber de la Fundación Universitaria. | ||||
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No obstante, se continuaba echando en falta la existencia de un texto que _creando unidad de pensamiento en torno al amplio panorama que abarca la amigonianidad_ pudiese contribuir a un estudio más sistemático de la misma. Así las cosas, en noviembre de 1999, durante otra visita realizada _esta vez desde España_ a la sede de la FUNLAM en Medellín, consideré que era llegado el momento de emprender con decisión la realización de un sueño _ya un tanto añejo_ y de dar cuerpo a un libro que recogiese, de alguna manera, lo más nuclear del sentimiento pedagógico amigoniano. Decidí, pues, emprender su redacción durante los meses de mayo y junio del año 2000. Para entonces había visto también con claridad que no podría tratarse de una simple traducción de mi obra, antes citada, Testigos del Amor de Cristo. Me propuse, por consiguiente, un reto mucho más exigente: hacer una obra completamente nueva, aunque, eso sí, recogiendo en ella, de forma sistemática, las distintas reflexiones y conclusiones sobre temas amigonianos, que había venido profundizando desde hacía ya varios años. Y nació así Identidad Amigoniana en acción. Una obra con una estructura muy simple que gira en torno a los cuatro ejes que configuran sus distintas partes. El primer eje, centrado, como es natural, en la persona del padre Luis Amigó, como iniciador que fue de la amigonianidad. El segundo, dedicado con exclusividad a las grandes líneas de pensamiento y vida que cruzan transversal y horizontalmente la pedagogía amigoniana y constituyen como su soporte metafísico y antropológico, ético y estético. El tercero _el más vital y, si se quiere, candoroso_, destinado a trasmitir, más con el corazón que con la mente, lo más castizo y «sagrado» de la amigonianidad, su sentimiento pedagógico hecho vida y paradigma, a través de más de cien años, en la persona de los educadores amigonianos. Y, finalmente, el cuarto, pensando para aquéllos que, después de haber percibido, a través de los otros tres, la riqueza de la vida amigoniana y de su saber pedagógico, quieran saborear, desde la inspiración espiritual, sus más profundas raíces. | ||
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Página para ilustración Cuadro Padre Luis Amigó (Rectoría) | ||
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Capítulo I. Breve recorrido por su vida.
Capítulo II. Su concepción del hombre y de la educación.
Capítulo III. Raíces franciscanas de su antropología y pedagogía.
Referencias para la ampliación del tema | ||||
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No podía faltar en esta obra, orientada a presentar de forma sistemática la identidad amigoniana y su actuación, una primera parte dedicada a conocer _aunque sólo sea de modo elemental y, principalmente, desde una perspectiva pedagógica_ a quien fue su iniciador y a quien debe, dicha identidad, su nombre de amigoniana. | ||
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BREVE RECORRIDO POR SU VIDA | |||||
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El ambiente familiar Luis Amigó y Ferrer nació el 17 de octubre de 1854 en Masamagrell (Valencia _ España), donde su padre trabajaba como secretario del ayuntamiento. En realidad, su nombre de pila fue José María, pero, al hacerse fraile años después, cambió _como era costumbre entonces_ su filiación y se llamó ya en adelante Luis. Su familia _como la mayoría de las familias de la clase media española de mitad del siglo XIX_ fue una familia de corte tradicional y patriarcal que se regía por los dictámenes de la religión católica. El ambiente que se vivió en su hogar fue primordialmente cálido y positivo, gracias, sobre todo, a la amorosa y tierna actuación de sus buenos padres1. Pero no faltaron en él motivos de sufrimiento y de penalidad, originados fundamentalmente por desafortunadas operaciones económicas que acabaron con el buen nivel patrimonial de que gozó en un principio la familia y que la sumieron en un estado de cierta necesidad. El mismo Luis Amigó nos refleja este clima de sufrimiento y de penalidad cuando nos pinta este revelador retrato de su madre, en el que ella aparece claramente como una verdadera madre dolorosa: - De mi madre puedo decir _escribe él_ que no he conocido señora más sufrida; y tan prudente, que jamás se conocían por su semblante los disgustos o penas que la atormentaban, pues decía que ninguna culpa tenían los de fuera de nuestras tribulaciones 2. | |||||
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1 Cf. Amigó, L. OC, 4-7 2 Amigó, L. OC. 6. | |||||
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Ese clima de sufrimiento que se dejó sentir en el seno de su familia se vio acrecentado después con las violentas revueltas que sacudieron a España en el año 1869 y cuyos efectos se vivieron con particular intensidad en Valencia; con la temprana muerte de su padre, con cuarenta y ocho años, y de su madre, con cuarenta y seis, y con el desamparo en que dejó a Luis Amigó y a sus hermanos el resto de la familia, al no brindarles el necesario apoyo3. No obstante, dicho clima de sufrimiento y dolor _que no raramente convierte a quienes lo sufren en personas resentidas y encerradas en sí mismas_ contribuyó, en el caso de Luis Amigó, a hacer de él _como a continuación se verá_ una persona profundamente sensible para con las necesidades de los demás y, de modo especial, con las necesidades de los más pequeños y desamparados de la sociedad. Tempranas muestras de sensibilidad social Siendo todavía casi un niño, Luis Amigó _o José María como aún entonces se llamaba_ comenzó a dar tempranas muestras de esa sensibilidad para percibir y atender los problemas de los demás, que iba creciendo dentro de él en medio de las alegrías y tristezas que rodeaban su vida familiar. Acompañado de otros amigos _adolescentes también como él_ empezó a dedicar parte de su tiempo libre y de ocio a los marginados de su entorno4. Iba por los hospitales para compartir con los enfermos su salud y alegría, al tiempo que les atendía en las necesidades que le era posible. Frecuentaba las barracas, alquerías y demás casas aisladas de la huerta valenciana para participar a sus habitantes _y en particular a los niños y jóvenes_ su saber y su sentir. Y, sobre todo, se acercaba a las cárceles para consolar e instruir a los allí recluidos, haciéndoles de alguna manera el regalo de su propia libertad. Cuentan _respecto a esto último_ que le gustaba entretenerse sobre todo con los conde | ||
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3 Cf. Amigó, L. OC, 11-16 4 Cf. Amigó, L. OC, 9 | ||
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nados a cadena perpetua y que desarrolló incluso una propia metodología para irse ganando poco a poco la confianza de aquellas personas e irles cautivando progresivamente el corazón. Un fraile y sacerdote cercano a los hombres Cuando contaba diecinueve años de edad, nuestro protagonista tomó la decisión de hacerse fraile capuchino. Era exactamente el día 12 de abril de 1874 cuando vistió en Bayona (Francia) el hábito y pasó a ser conocido como fray Luis de Masamagrell . Unos años después _residiendo ya en Montehano (Cantabria _ España)_ fue ordenado sacerdote, con tan sólo veinticuatro años, el 29 de marzo de 1879. El nuevo "status", sin embargo, no menguó en él su capacidad de sintonía con los problemas y necesidades de los demás, ni su ansia y afán por atenderlas. Francisco de Asís, el poeta de la creación y el cantor de la fraternidad universal;Francisco de Asís, el hombre que encontró a Dios al besar al leproso y que quiso que sus frailes fueran "peregrinos" entre los hombres, compartiendo con ellos los gozos y las angustias del diario batallar por la vida, le fascinó y le ayudó a vivir su vocación de fraile desde la cercanía y el compromiso con la gente. Y esa misma cercanía la siguió manteniendo y madurando posteriormente como sacerdote. También entonces, fue Francisco de Asís el que le ayudó a entender y seguir con radicalidad el mensaje del evangelio y a darse cuenta de que el sacerdocio, cristianamente entendido, es una vocación de servicio. En la radicalidad del evangelio, el sacerdocio tiene el sentido de ser una consagración al amor. Hacerse sacerdote significa "ser tomado de entre los hombres, con las fortalezas y debilidades de todo ser humano, para ser constituido servidor a favor de los hermanos" Ser sacerdote significa, pues, en la profundidad y veracidad del mensaje cristiano, ser servidor de los demás cristianos, e implica vivir para los demás y desvivirse por sus problemas, y ser libre en el amor para amar más libre y universalmente a todos. Y Luis Amigó, sin ser perfecto, vivió desde el primer momento su sacerdocio como un verdadero servicio a los demás y, particularmente, a los jóvenes y al mundo de la marginación. | ||
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Con el fin de colaborar activamente a la educación integral de los jóvenes de los pueblos cercanos a su convento, fundó para ellos distintos movimientos de carácter juvenil en los que se armonizaba lo cultural, con lo religioso y recreativo. Y un día, mientras se encontraba reunido con uno de esos grupos juveniles, sucedió un hecho que tendría en su vida un hondo significado. La noche anterior, alguien había dejado abandonado en la puerta del convento un recién nacido, y tanto el cura como el alcalde y demás vecinos quisieron que fuese, el bautizo de este niño, el primero que celebrase el nuevo sacerdote. Y el hecho de bautizar a aquel niño le sensibilizó todavía más, de cara al futuro, con todo lo que tuviese que ver con el mundo de los niños marginados y desamparados5. Otro de los ministerios a que se dedicó con entusiasmo, recién ordenado sacerdote, fue la visita y asistencia de los encarcelados del vecino penal del Dueso, en Santoña. El impacto que recibió la primera vez que entró en él fue muy fuerte. Reinaba allí una gran frialdad y el ambiente era verdaderamente arisco. La violencia que allí se daba, hacía que el sacerdote que había estado antes que él tuviese que decir la misa protegido detrás de unos barrotes. Luis Amigó, sin embargo, con la pedagogía propia de Francisco de Asís -entretejida de acogida cariñosa, de trato afable y llano, y de una gran comprensión y misericordia_ se fue ganando el corazón de los presos y pudo realizar con ellos una verdadera acción de promoción integral. Pasado el tiempo, hasta el ambiente mismo del penal cambió de forma radical y era ya un placer para él y para los que con él trabajaban acercarse allí. Pero entonces, algo empezó a rondarle por la cabeza y a menudo se preguntaba con insistencia creciente si aquello que allí se había hecho no se podría realizar de alguna manera en otros penales, multiplicando así su efecto bienhechor. Y, a partir de entonces fue madurando la idea de fundar una congregación religiosa que en un principio pensó que se encargase del cuidado de los encarcelados adultos, y que después, llegado el momento, acabó dedicando _como veremos_ a la educación de niños y jóvenes en conflicto con la ley. | |||
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5 Cf. Amigó, L. OC, 50-51. | |||
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Las fundaciones, respuesta a necesidades del entorno En agosto de 1881 _ tras casi ocho años de ausencia de su familia y de su tierra natal_, Luis Amigó regresó a Valencia y fue destinado a un convento que los capuchinos tienen precisamente en Masamagrell, el pueblo que le había visto nacer. Allí se le encargó reorganizar la Tercera Orden Franciscana Seglar en los pueblos de la comarca. Dicha Tercera Orden es un movimiento de seglares _de cristianos laicos_ que se comprometen a vivir el espíritu franciscano en medio de sus quehaceres familiares y sociales. Uno de sus distintivos ha sido _desde siempre_ el de colaborar activamente en la ayuda y promoción cultural y social de las clases más necesitadas. Con la energía y el entusiasmo propio de sus veintisiete años, Luis Amigó desplegó entonces una intensa actividad. En poco tiempo, eran más de cinco mil los terciarios franciscanos _hombres y mujeres_ que él acompañaba en los distintos pueblos cercanos a su convento. Quienes lo conocieron por aquellos años nos lo retratan como un hombre organizador que atraía a la gente como si fuese un imán. Tenía, no obstante, un don especial para atraer a los jóvenes, quienes se sentían fácilmente impresionados por la simpatía y talante humano de aquel emprendedor fraile para el que no parecía existir la palabra cansancio. Como era natural, las acciones sociales a que Luis Amigó fue orientando a aquellos seglares que se iban reuniendo en torno a él, fueron aquellas mismas acciones con las que él se sintió comprometido en su juventud y que eran, por otra parte, las que venían a aliviar las necesidades más perentorias del entorno. Así, a las mujeres, las comprometió con el cuidado de enfermos, atención a los pobres, y alfabetización de niños necesitados. A los hombres, por su parte, sin dejar de señalarles esos mismos campos de atención, los orientó también al trabajo de voluntariado dentro de las cárceles, que él tenía _como ya sabemos_ muy cerca de su corazón desde sus años mozos. Y resultó que un grupo de los más comprometidos unió sus esfuerzos al propio Padre Luis y juntos se acercaban asiduamente a la cárcel de Valencia para consolar, atender y evangelizar a los presos y se | ||
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preocupaban además de colaborar a la reinserción social de los encarcelados cuando salían en libertad6. Fruto de todo ese intenso trabajo que el padre Luis Amigó venía realizando con los seglares fue el nacimiento de las dos congregaciones religiosas que fundó. Él mismo nos cuenta cómo algunas de aquellas mujeres y algunos de aquellos hombres a quienes él venía acompañando en su itinerario de maduración personal y de compromiso social, le pidieron formar una nueva congregación con el fin de poderse consagrar con mayor libertad y generosidad al propio crecimiento personal en el amor y al servicio de Dios en las personas más necesitadas 7. Primero, con tan sólo 30 años de edad, fundó _el 11 de mayo de 1885_ la Congregación de Hermanas Terciarias Capuchinas de la Sagrada Familia, a las que indicó como principales campos de compromiso en su quehacer: la atención de enfermos, la enseñanza de niñas y jóvenes y, particularmente, el cuidado de los huérfanos. Posteriormente _el 12 de abril de 1889_, cuando aún tenía 34 años, fundó la Congregación de Religiosos Terciarios Capuchinos de Nuestra Señora de los Dolores, cuyos miembros, en honor de su fundador, son conocidos hoy en día, en todo el mundo, como los amigonianos. A éstos _tras haberles indicado en un principio distintos campos de actuación social_ los orientó _en 1890, es decir tan sólo un año después de la fundación_ a la labor de educar integralmente a los niños y jóvenes en conflicto. Y este mismo quehacer se lo confiaría también con el tiempo a sus Terciarias Capuchinas. De hecho, en una carta personal que remitió al papa Pio X en 1910, escribió así: - Persuadido íntimamente de la urgente y suma necesidad de volver al recto camino, mediante la cristiana educación, a los jóvenes imbuidos de falsas doctrinas y de malos ejemplos y alejados del camino de la verdad, fundé dos Institutos de la Tercera Orden de Capuchinos, uno masculino y otro femenino, a fin de que sus miembros, llenos de celo, reformasen en el aspecto natural y sobrenatural a los jóvenes desviados del camino del bien, renovándoles en Cristo con todos los medios 8. | ||
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6 Cf. I Frati delle carceri, en Eco di San Francesco 16 (1889) p. 398. 7 Cf. Amigó, L. OC, 68 y 83 8 Amigó, L. OC, 1780. | ||
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Y años más tarde, ya en el atardecer de su vida, dejó a sus seguidores, utilizando el lenguaje alegórico de la parábola bíblica del Buen Pastor, el siguiente testamento espiritual: - Vosotros, zagales del Buen Pastor, sois los que habéis de ir en pos de la oveja descarriada hasta devolverla al aprisco. Y no temáis perecer en los despeñaderos y precipicios en que muchas veces os habréis de poner para salvar la oveja perdida, ni os arredren los zarzales y emboscadas 9. El obispo que no renunció a ser sencillo ni hermano Durante el primer caminar de sus dos congregaciones, a Luis Amigó le tocó sufrir de lo lindo a causa de las fuertes tensiones que en ellas se vivieron y que son, por otra parte, naturales en toda obra que comienza y vive su proceso de identificación. Hacia finales del siglo pasado, sin embargo, aquellas tensiones habían desaparecido y Luis Amigó vivía tranquilo y miraba feliz el desarrollo de su obra. Y, en medio de esa tranquilidad y felicidad que respiraba su vida, recibió, en 1907 cuando contaba 52 años de edad, la noticia de que el Papa lo había nombrado obispo. Definiciones de obispo hay muchas. Buenas, no tantas. Una de las más acertadas es, quizá, la de sacerdote en plenitud. Si sacerdote significa consagrado al amor, al servicio de los hermanos y de la comunidad, obispo será, tendrá que ser, en consecuencia, el primer servidor y testigo del amor en su iglesia. El amor es el único "mérito" para ascender en el "escalafón del reino de los cielos". Cuando Jesús examina a Pedro antes de nombrarle el primero de los apóstoles, sólo le examina del amor. ¿Me amas más que estos?, es decir, ¿te entregas, sirves, buscas los últimos sitios…, más que los demás? ¡Qué contrasentido! Resulta ser "el jefe", el último de sus hermanos, el servidor; el que supo hacerse el menor por amor. Luis Amigó entendió todo ese mensaje a cabalidad. Él que había vivido su sacerdocio siendo cercano a los hombres y, en particular, a los más necesitados, quiso vivir su episcopado como entrega generosa, plena y total al amor. | ||
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9 Amigó, L. OC, 1831. | ||
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Su intención quedó recogida claramente en la leyenda que escogió para su escudo: doy la vida por mis ovejas. Fue obispo, primero de Solsona (1907-1913) y, posteriormente, de Segorbe (1913-1934). En ambas diócesis su porción predilecta fueron los jóvenes, la gente sencilla y trabajadora y los marginados de la sociedad. Supo llegar a los más sencillos: nunca pensé _decía un labrador que lo conoció de cerca _que un obispo estuviese tan al alcance de todos…, entendía mi lenguaje. Acogió a los pobres con generosidad y siempre mantuvo abiertas para ellos las puertas de su casa, de su corazón y de su bolsillo. Sentó a su mesa a gente modesta y obreros ocupados temporalmente en alguna de sus obras. No desdeñó, incluso, ayudar manualmente a los trabajadores, llegada la ocasión, como aquella vez en que a un joven labrador se le volcó a tierra la carga que transportaba en un carro tirado por caballería y él, agarrando una de las palas, le ayudó como la cosa más natural del mundo a cargarla de nuevo. Sencillo y humilde, como buen fraile franciscano y capuchino, suscitó, pues, la admiración de cuantos le trataron, pequeños y grandes. Continuó ocupándose, con entrañas de misericordia, del mundo de la marginación. En cierta ocasión _cuentan_ recibió en su casa episcopal a un hombre que, acusado por falso testimonio, era perseguido por la justicia y recurrió a él. Pocos días después, el hombre enfermó y dispuso lo necesario para su cuidado y él mismo lo visitaba y atendía frecuentemente. Así lo mantuvo escondido hasta que, aclaradas las cosas, pudo regresar, sano, libre y seguro junto a los suyos. Defendió repetidamente los valores evangélicos de la justicia social y avivó la conciencia de la gente sobre la importancia de la educación cristiana de la juventud y, en particular, de la desviada del camino de la verdad y del bien. Y compartió con todos, a través de sus escritos, la sabiduría vital que encerraba su ser y que tenía como verdadero centro y quicio el amor. Vivió feliz y murió sonriendo La vida de Luis Amigó se alargó en el tiempo más de lo que era normal en su época. Cumplió, con plena lucidez y conciencia, a pesar de algunos achaques físicos menores, los 79 años de edad, para morir, a las puertas ya de los 80, el 1 de octubre de 1934. | ||
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Lo que más llamó la atención de quienes le trataron en sus últimos años fue la serenidad que respiraba su ser y que transmitía, como por ósmosis, a quienes se le acercaban. Esa serenidad era, en realidad, la expresión más palpable de la armonía que, con el tiempo, llegó a alcanzar su personalidad, como resultado de una continuada y progresiva maduración humana por el amor. Dicen que la felicidad es el regalo más propio del amor. Y en el caso de Luis Amigó, ello resulta ser una evidencia. Hombre de fuerte personalidad y temple en sus años más jóvenes, su carácter se fue suavizando de tal manera con el tiempo, que llegó a ser un prototipo de dulzura y finura en el trato. Uno de sus mejores amigos nos dejó de él el retrato que cerrará esta presentación de su vida. En dicho retrato aparece bien a las claras cómo Luis Amigó _tal cual se decía en este último título de su pequeña biografía_ vivió feliz y murió sonriendo: - El fondo de su ser, la paz; su vestidura, la humildad. Fue su vida correr manso de un río, sin declives pronunciados ni desbordamientos que rebasan el cauce. A su paso florecieron las flores de toda virtud: la caridad, la pobreza, la humildad, la obediencia…. Poseyó, como pocos, el raro don de una vida inalterablemente serena, sin relieves, sin deslumbramientos, callada en la superficie pura de profundo cauce espiritual. La bondad de su hermosa alma se le irradiaba en la sonrisa, que iluminaba su rostro; sonrisa que ni la muerte pudo borrar 10. | ||||
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10 Lauzurica, Javier, Presentación a la Autobiografía del padre Luis Amigó, en Amigó, L. OC., p. 3. | ||||
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SU CONCEPCIÓN DEL HOMBRE Y DE LA EDUCACIÓN | |||||
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Como es natural, la ciencia pedagógica encuentra en el hombre su punto referencial, su alfa y omega. Todo sistema pedagógico se sustenta, pues _y es muy importante tener esto presente_, en una determinada concepción antropológica. Sin ella, el discurrir y el quehacer pedagógicos caminaría sin horizontes, al no tener claro hacia donde se quiere acompañar a la persona concreta en la irrepetible aventura de su propia maduración y crecimiento como tal. El ideal antropológico es básico, y es también necesario que toda metodología surja y se articule, después, desde la óptica de dicho ideal. Es necesario preguntarse, por ejemplo, en el inicio de todo itinerario pedagógico, qué tipo de sociedad se desea y qué tipo de persona se quiere propiciar. Por ello, antes de proseguir con la presentación que se está haciendo, en esta primera parte, de la persona que inició y dio nombre a la identidad que sustenta a la pedagogía amigoniana, es imprescindible preguntarse cuál fue, en realidad, su concepción antropológica. Y, al respecto, lo primero que se puede afirmar es que la antropología que se encuentra tras el pensamiento, el sentimiento vital y la actuación de Luis Amigó, es la antropología que sigue de modo fundamental toda la cultura cristiana, y que presenta siempre al hombre como un ser referencial y relacional que se realiza en la medida en que, superando la tendencia al autoencerramiento egoísta, es capaz de abrirse a los demás. Siguiendo el pensamiento bíblico _verdadero sustento de todo el pensamiento cristiano_ el hombre fue creado a imagen y semejanza de un Dios, cuya verdadera identidad es el amor. Dicho de otra manera el hombre fue creado para amar y encuentra su felicidad y su verdad en la medida en que aprende a amar. | |||||
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El hombre que no crece en amor hace de su vida una gran mentira. La verdad de la vida está en el amor porque sólo en él encuentra pleno y gratificante sentido la vida humana. La vida es _a decir de Unamuno_ _el gran criterio de la verdad. Toda creencia que lleve a obras de vida _prosigue el mismo Unamuno_ es creencia de verdad y lo es de mentira la que lleva a obras de muerte… Cuando las matemáticas matan, son mentira las matemáticas…11 Queda también claro que para Cristo la verdad consiste, en definitiva, en encontrar el sentido gratificante y liberador de la propia identidad humana. La famosa frase: conoceréis la verdad y la verdad os hará libres 12, pudiera traducirse muy bien por conoceréis el amor, maduraréis en él y él os hará experimentar la libertad. Y la dramática pregunta que hizo un día a sus seguidores: ¿de qué le sirve al hombre haber ganado el mundo entero, si él mismo se pierde o se arruina? 13, es decir: ¿de qué le sirve a uno tenerlo todo, si no ha podido encontrar sentido a su propio ser?, sólo encuentra una respuesta válida desde el amor: el que se busca a sí mismo, se pierde, se arruina, sólo el que es capaz de dar vida, encuentra sentido a la suya propia14.Quien no es capaz de dejarse atrapar por el amor, quien no es capaz de crecer "para los demás", "hacia los demás" y "con los demás"; quien no es capaz de superar las resistencias del propio egoísmo, se queda enanizado en los estrechos, tediosos y tristes horizontes de su "mismidad". Sólo quien va creciendo en alteridad, sólo quien va madurando en el amor _que, por su misma naturaleza, exige éxodo del propio "yo" y peregrinaje hacia los demás_ va iluminando su propia existencia con la luz de la felicidad: - El amor _escribía Luis Amigó, haciendo síntesis de su concepción antropológica cristiana_ es el móvil que impulsa al hombre en todos sus actos, desinteresado, recto y conforme a la razón las más veces; egoísta, sensual y acomodado a sus apetitos, otras muchas, siempre resulta que el eje alrededor del cual giran todos sus deseos, afectos y operaciones es el amor; porque para amar fue creado y el amor es la función necesaria de su corazón que no puede vivir sin | ||
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11 Unamuno, Miguel. Vida de Don Quijote y Sancho, comentario al capítulo 31 de la primera parte, en ediciones de Alberto Navarro, 2ª edición. Ediciones Cátedra, Madrid, 1992, p. 284. 12 Jn 8,32. Puede consultarse también Rom. 8,2 y 21; 2Co. 3,17; Gal. 5,1. 13-14. 13 Jn 12, 24 y de 9,24 14 Cf. Jn. 12, 24 y Lc 9,24 | ||
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amar. Porque Dios, que le hizo imagen viva de sí, quiso que participara de su misma vida, que es amor… Sin el amor, el hombre está muerto… Formado el corazón del hombre para amar, el amor es su vida. Amar su función capital y el centro a que naturalmente se dirige15. A la manera, pues, que al ocultarse el sol toda forma desaparece, queda velada la hermosura de los seres, se retira el vigor de los mismos y se amortigua su vida, quedando el universo frío como un cadáver en la noche más profunda, así los dones más sublimes pierden su esplendor y todo se torna estéril, sin luz, sin calor y sin vida cuando falta el amor 16. Ciertamente _y esto no se puede silenciar, si se quiere ser fiel a su pensamiento_ Luis Amigó como hombre que era de fe, situaba el quicio del propio crecimiento en amor, en el encuentro con Dios. Recogiendo repetidamente el pensamiento de Agustín de Hipona: me hiciste, Señor, hacia ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en ti 17, Luis Amigó considera la apertura a la trascendencia como una dimensión irrenunciable para una cabal educación integral en camino hacia el ideal del amor: - No es posible _escribe en uno de los textos más identificantes de su pensamiento integral_ amar a Dios sin amar también por Él al hombre su obra predilecta, ni amar a éste con verdadero amor si se prescinde del amor de Dios. Ambos amores son como rayos emanados de una misma luz y como flores de un mismo tallo18. No obstante esto último, su pensamiento _que nace siendo en él siempre sentimiento profundo_ puede ser leído, como sucede, por lo demás, con todo el pensamiento cultural cristiano, desde una visión simplemente antropológica que tiene su indudable validez humana incluso para quienes se sientan llamados a hacer su reflexión sobre la persona humana al margen de una concepción religiosa concreta, o, incluso, al margen de una relación explícita con un ser trascendente. | ||
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15 Cf Amigó, L. OC, 331, 338 y 520. C. También ibidem, 1042. 16 Cf. Amigó, L. OC, 1153. Este último texto constituye, no cabe duda, un poético canto de Luis Amigó al amor y hace recordar de forma espontánea el si no tengo amor nada soy de Pablo en su himno al amor (Cf. 1Co. 13, 4-7). 17 Cf. Amigó, L. OC, 351. 478. 521. 663. 966 _ 967. 1048. 1510. Clásicamente la traducción de la primera parte de esta frase ha sido: me hiciste Señor, para Ti. Pero, teniendo presente la expresión latina ad te, prefiero traducir hacia ti, pues expresa mejor la idea de un itinerario educativo. 18 Amigó, L. OC, 1044. | ||
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Acompañando a la persona hacia el ideal humano Del mismo modo que es cristiana la concepción que tiene Luis Amigó sobre el hombre, lo es también la que tiene sobre su educación. El Concilio Vaticano II, en uno de sus textos más importantes y luminosos, afirma que Cristo, aparte de revelar al hombre el rostro de Dios, le revela también lo que significa ser hombre19. Esta afirmación del Concilio, orientada a resaltar en Cristo su dimensión de hombre perfecto, de ideal humano, no es nueva, sino que se remonta a los orígenes mismos de la fe cristiana. Los primeros cristianos eran ya plenamente conscientes de que la doctrina de Cristo no era una doctrina orientada unidimensionalmente a hacer feliz al hombre en el más allá, sino que se encaminaba también y en un primer momento a hacerle feliz en el más acá, es decir, en este precioso planeta que le ha sido dado por habitación. Y precisamente por ello, porque no eran espiritualistas, sino espirituales; porque no distinguían entre espacios y tiempos profanos y sagrados; porque no admitían separaciones entre caminar hacia Dios y hacia el hombre; porque no alimentaban esquizofrenias vitales entre crecimiento espiritual y humano, descubrieron en Cristo, no sólo al hijo de Dios, sino también la lograda imagen del ideal humano. Y comprendieron así, con toda claridad, que era el propio Cristo el mejor modelo para su propia educación; para su propio crecimiento humano por el amor. Los textos del Nuevo Testamento que transmiten esa original concepción de la educación en las primeras comunidades cristianas son numerosos, pero, entre ellos, considero como más explícitos y dicientes los que traigo a continuación: - Os exhorto _escribe Pablo a una de aquellas comunidades_ a que actuéis con toda humildad, mansedumbre y paciencia, aceptándoos unos a otros por amor… hasta que lleguemos todos al estado del hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo… realizando así el crecimiento del cuerpo para su edificación en el amor. Para que no seamos ya niños, llevados a la deriva…, antes bien, siendo sinceros en el amor, crezcamos en todo hasta Aquél que es la cabeza, Cristo… Vosotros habéis sido enseñados conforme a la verdad de Jesús… a revestiros del Hombre | |||
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19 Cf. Gaudium et Spes, n. 22. | |||
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Nuevo… Sed buenos entre vosotros, entrañables, perdonándoos mutuamente.. Vivid en el amor como Cristo os amó…20 - Os pido _escribe en otra ocasión_ que colméis mi alegría siendo todos del mismo sentir, con un mismo amor, un mismo espíritu, unos mismos sentimientos. Nada hagáis por rivalidad o por vanagloria, sino con humildad, considerando cada cual a los demás como superiores a sí mismo, buscando cada cual no su propio interés sino el de los demás. Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo21. - Revestíos _insiste Pablo todavía_ de entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, soportándoos unos a otros y perdonándoos mutuamente… Como Cristo os perdonó, perdonaos también vosotros. Y por encima de todo esto, revestíos del amor, que es el vínculo de la perfección. Y que la paz de Cristo presida vuestros corazones… Y sed agradecidos 22. Con el tiempo, la cultura cristiana supo recoger esta especie de dogma vital de la primera comunidad y supo presentar a Cristo _incluso para las gentes, que no participaban de su propia fe_ como un modelo válido de humanidad y, en consecuencia, como un referente cabal de lo que significa crecer humanamente por el amor y de acuerdo a unos valores que constituyen como una especie de arco iris del amor de verdad 23. Y dentro, precisamente, de toda esa dinámica cultural en la que Cristo _dejando aparte los parámetros propios de la fe_ se constituye en patrimonio de la humanidad y aparece para toda persona de buena voluntad como referente cabal de identidad humana, hay que situar el pensamiento educativo del padre Luis Amigó que, a continuación, se trae: - Estoy cierto que, siguiendo las enseñanzas de vida que Cristo nos deja, el hombre ha de ser dichoso y feliz en el tiempo y en la eternidad. | ||||
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20 Ef. 4, 1-2. 13-14a. 15. 16b. 17a. 21b. 24a. 32 y 5, 1-2a. 21 Filp. 2,2-5 Cf. también Rom. 15,5. 22 Col. 3, 12-15. 23 La escala de valores a la que aquí se hace referencia es, como es fácil deducir, la que tradicionalmente ha sido identificada como bienaventuranzas, y que son, en realidad, los matices más identificantes del amor dentro de la cultura cristiana. Sobre este tema de las bienaventuranzas como arco iris del amor se puede consultar mi trabajo Identidad Amigoniana, Funlam _ Medellín, 1998, p. 16-23. | ||||
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Por ello, teniendo el espíritu de Cristo, el corazón del hombre debe estar poseído de sus mismos sentimientos. Esto es, de su amor inagotable. De su humildad profunda, de su justicia… para poder exclamar que Cristo vive en él 24. Sólo desde esta perspectiva _pienso_, pueden entenderse en toda su profundidad las expresiones del propio padre Luis que hacen referencia a instaurar o renovar a las personas en Cristo25. Para él, dicha renovación comporta _más allá de toda expresión religiosa_ una verdadera declaración de principios, por la que se siente comprometido a colaborar activamente a la construcción de la persona, teniendo presente a Cristo como logrado ideal de humanidad y exponente de toda una serie de valores directamente relacionados con el amor que humanizan a la persona al conferirle, por el sentimiento y sensibilidad que comportan, su verdadero rostro humano. Todo ese proyecto de humanización es, por otra parte, el que hay que saber leer también _según creo_ tras el clásico concepto de moralización usado ya por el propio Padre Luis Amigó26. Es cierto que el término moralización puede resultar equívoco en algún momento concreto de su utilización histórica al confundir o identificar _al menos a nivel del lenguaje_ crecimiento humano con seguimiento de la moral cristiana. Pero yo considero _teniendo presente todo lo reflexionado arriba_ que dicho término _analizado en su verdadero contexto y profundidad_ alude en verdad a una realidad educativa que está más allá de toda ética del deber y se adentra con propiedad en esa otra dimensión que se relaciona de forma más natural y directa con la estética del ser. Dicho de otra forma, el término moralización más que hacer referencia al comportamiento de la persona en crecimiento, haría referencia al desarrollo de su propio ser e identidad personal. Moralización no supondría, pues, en su verdadera profundidad, tanto un educar conductas o comportamientos, cuanto educar el corazón, el sentimiento humano de la persona de acuerdo a los clásicos valores con que la cultura cristiana ha matizado de vida y de color el amor. | ||
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24 Cf. Amigó, L. OC, 480 y 1196. 25 Cf. Amigó, L. OC, 1780 principalmente. Cf. también íbidem, 280. 26 Cf. Amigó, L. OC, 2068 y 2075. | ||
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Acompañamiento nacido del corazón Luis Amigó, que armonizó a la perfección las enseñanzas recibidas en el aula con las que aprendió en el diario vivir, quiso que sus seguidores, además de promocionarse constantemente con los avances de la ciencias psicopedagógicas, tuvieran siempre a flor de piel una sensibilidad capaz de aprender por experiencia la ciencia del corazón humano27. Y dicha ciencia sólo se aprende en el diario compartir con el otro las alegrías y tristezas, los encantos y desencantos, los proyectos y trabajos, las ilusiones y realizaciones, a través del lenguaje del corazón. Muchas veces, en la vida, lo que no consigue la mano técnica, lo consigue la mano amiga. Y para Luis Amigó era vital que todo aquél que quisiera dedicarse a acompañar a otros en su irrepetible aventura hacia la madurez humana, tuviera sobre todo un gran corazón y la suficiente sensibilidad para actuar con prudencia y suavidad: - Para el corazón del hombre _escribe en un texto que hace recordar el mensaje de la conversión del Lobo de Gubio que analizaremos en el próximo capítulo _las misericordias son como flechas encendidas que prenden en él el fuego del amor y acaban por convertir en manso cordero al que era un lobo rapaz 28. - A la instrucción, hay que unir la corrección, pues la falta de corrección es la causa de que los jóvenes se abandonen a sus caprichos. Pero ésta ha de ser prudente y hay que saber unir a la entereza de carácter la dulzura y amabilidad que cautive el corazón del joven, para que no le exaspere la correción29. Y, como normas más concretas de esa cercanía de vida y corazón, dejó escrito para los primeros educadores amigonianos: - Manténganse y ríjanse siempre con prudencia, que ni por demasiada franqueza y familiaridad vengan a no ser respetados, ni por sobrada gravedad, se hagan repulsivos 30. - Por cuanto atendida la índole del corazón humano, el medio más hermoso para estimular a los niños es el despertar entre ellos la emulación; nos parece muy del caso el que se procure ésta entre los niños de la casa. | ||
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27 Cf. Amigó, L. OC, 2047 28 Amigó, L. OC, 1058 29 Amigó, L. OC, 1086. 30 Amigó, L. OC, 2026 | ||
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La experiencia les enseñará que con la emulación conseguirán más de los niños que con ningún otro medio31. Hacia la búsqueda de un método Aunque la primera pedagogía amigoniana _como se ha dejado dicho arriba_, se orientó a acompañar al joven hacia su madurez humana por medio, principalmente, del lenguaje del corazón, bien pronto se dejó sentir la necesidad de contar con un cierto método que _sin coartar la libertad y creatividad que requiere siempre la educación como proceso artístico que debe ser_ regulase, de alguna forma, el ejercicio de la acción pedagógica, a fin de que no sólo se hiciese el bien, sino que, además, se hiciese bien; a fin de que, tras el lenguaje del corazón, no se escondiesen dañinos y enanizantes paternalismos que, por su tendencia al encubrimiento y al proteccionismo, no propician un verdadero e integral crecimiento humano. Fue el propio padre Luis Amigó quien _inspirándose en los principios y, hasta en el lenguaje, de la tradicional ascética cristiana32_ determinó así la gradualidad y progresividad del sistema amigoniano: - Por lo que mira a la conducta moral, se clasificará a los alumnos en tres órdenes, catecúmenos, perseverantes y adoradores. Los primeros, o sea los catecúmenos, serán aquellos niños que todavía conservan resabios de sus pasadas costumbres o que sean indómitos… Perseverantes se llamarán aquéllos que vayan progresando en la reforma de sus costumbres y se conozca en ellos buen deseo de conseguir su perfección. Y últimamente con el nombre de adoradores, se designará aquellos niños cuya conducta ejemplar pueda servir de norma y modelo a los demás 33. | ||||
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31 Cf. Amigó, L. OC, 2049 y 2054. Aunque sobre el término emulación se volverá en la parte segunda de esta obra, conviene notar, ya desde ahora, que con él, la tradición amigoniana no pretendió despertar sentimientos de rivalidad o competitividad entre los alumnos, sino despertar en cada uno de ellos los resortes y posibilidades del propio ser, haciendo entrar en actividad la propia identidad personal. 32 La ascética es una parte de la teología espiritual cristiana que estudia el proceso de conversión que sigue de algunas manera el hombre que se encontraba alejado de Dios en su camino de regreso hacia Él. 33 Cf. Amigó, L. OC, 2049. Cf. también, íbidem, 2051. 2052 y 2053. | ||||
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Se preocupó además el padre Luis Amigó de que sus seguidores, desde los inicios mismos de la pedagogía amigoniana, realizasen un seguimiento detallado, científico y personalizado de los alumnos: - Para que conozcan los antecedentes y cualidades de los jóvenes confiados a su cuidado, llevarán un registro privado en el que consten todos los antecedentes que de él se hubiesen podido adquirir, y además sus aptitudes, temperamento y carácter, y las notas que hubieren merecido cada mes 34. Y fue, finalmente, también el propio padre Amigó quien propició una educación integral procurando que se uniese a la instrucción y al trabajo distintas actividades formativas de índole religioso, cultural, deportivo o recreativo35. | ||||
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34 Cf. Amigó, L. OC, 2029. Cf. también, íbidem, 2027. 35 Cf. Amigó, L. OC, 2029. 2033. 2034. 2068 y 2093. | ||||
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RAÍCES FRANCISCANAS DE SU ANTROPOLOGÍA Y PEDAGOGÍA | |||||
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Se ha dejado dicho ya en el capítulo anterior cómo la concepción que Luis Amigó tiene del hombre y de su educación se fundamenta nuclearmente en el evangelio y se encuadra, por ende, dentro del pensamiento cultural cristiano. Sin embargo, hay que notar aquí _pues ello no deja de tener una importancia decisiva en el caso mismo de Luis Amigó_ que él profundizó su vivencia del evangelio y su comprensión de los grandes ejes temáticos de la cultura cristiana en el movimiento espiritual y cultural iniciado por Francisco de Asís. La novedad franciscana El gran aporte de Francisco de Asís al mundo cristiano se basó, sobre todo, en la radicalidad con que siguió y vivió el mensaje cristiano. En él _en Francisco_ no se encuentran "novedades", sino que todo él se constituye en una gran novedad, precisamente por su forma de aceptar y vivir "a la letra", con toda su fuerza, sin acomodaciones, el evangelio. En esa novedad, además, lo más llamativo _a mi entender_ lo constituyó la profunda humanidad que distinguió la vida de Francisco y que él quiso que distinguiese también la de sus seguidores. A todos nos es conocido que, en su juventud, Francisco no fue lo que la gente suele llamar un chico bueno. Sus padres le habían educado según los parámetros de la vida cristiana oficial; había asistido a una escuelita parroquial y había hecho como era típico, la primera comunión siendo ya un tanto mayorcito. Pero aquella religión que había aprendido no le había satisfecho. Y como el ser humano es un buscador nato de felicidad y plenitud _y Francisco era, no cabe duda, una persona profundamente despierta, sensible y vitalista_, se puso a buscar | |||||
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frenéticamente _como un desesperado_ el sentido gratificante y feliz de su ser y existir que, hasta entonces, no había encontrado. Y se comportó, entonces, como una especie de cimarrón desbocado, como un perfecto desorientado, como un indudable candidato _diríamos hoy en día_ a las drogodependencias. Buscó la felicidad en el mundo del tener y en el del placer. Anduvo, como loco, detrás de todo aquello que le prometiese plenitud. Y, a pesar de todo, cada día su experiencia personal era más triste y pobre, mientras que la sensación de estar cayendo irremediablemente al vacío era más fuerte. Cuando más buscaba el bienestar y creía haber encontrado la dicha, tanto más sentía después el vértigo vital hacia la nada. Por afán de novedad y de aventura _más que por convencimiento ideológico_ hizo, incluso, la guerra. Pero tampoco ésta satisfizo sus ansias de vida. Una enfermedad, contraída en cautiverio, le hizo entrar dentro de sí y, aunque no le dio la solución a su problema, le ayudó decisivamente a emprender una nueva y distinta etapa de búsqueda. Sabía ya para entonces que ni el dinero, ni los placeres, ni el poder equivalían, por sí mismos, a felicidad, pero aún no había descubierto dónde se encontraba ésta. Y un día, cuando menos lo esperaba, quizá, la felicidad llamó a su puerta. Él mismo, con los años, nos cuenta así lo que fue aquella experiencia: - Y el Señor me condujo en medio de los leprosos, y yo practiqué la misericordia con ellos. Y, al separarme de los mismos, aquello que me parecía amargo, se me tornó en dulzura de alma y cuerpo36. Esa experiencia de acercamiento a la persona del leproso, que le tornó profundamente feliz, le llevó a descubrir en el hombre _en todo hombre_ el rostro de aquel Dios del que había oído hablar desde pequeño, pero que ahora se le manifestaba _no a su mente, sino a su corazón_ con un talante distinto. Ya no era el Dios _ juez, sino el Dios _ padre, el Dios de la vida y de la felicidad. En el leproso, Francisco descubrió a Dios y, a partir de entonces, en Dios descubrió siempre al leproso y a todo ser humano. | ||
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36 Francisco de Asís, Testamento, 2-3. | ||
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Testigos de humanidad Dios _como arriba se adelantaba_ dejó de ser para Francisco una idea y se transformó para él en un ser profundamente humano. Y Francisco se convirtió así en el profeta del Dios que se hizo hombre para mostrar a todo hombre en el esplendor de su humanidad y en la pureza y plenitud misma del sentimiento humano, el reflejo y el destello de la divinidad. Y la contemplación del Dios hecho hombre lo llevó a descubrir también que la felicidad de la persona está en el mundo del ser, y se alcanza en la medida en que el hombre concreto es, por el amor, verdadero reflejo de Dios que lo creó a su imagen y semejanza. Y, a partir de ese descubrimiento, orientó toda su vida a ser cada día más profundamente humano, desapropiándose de todo aquello que pudiera dificultar su crecimiento como ser para los demás. Se convirtió así, en testigo creíble de humanidad y quiso también que sus seguidores se distinguiesen principalmente, en medio de las gentes, por la fuerza testimonial de un sentimiento humano entretejido, fundamentalmente, de ternura y delicadeza: - Manifieste confiadamente el uno al otro su necesidad _escribe a sus frailes_ a fin de que él le encuentre y proporcione lo que necesita. Y cada uno ame y alimente a su hermano como una madre ama y alimenta a su hijo37. Y nos consta que ese deseo de Francisco llegó a ser realidad en la primera fraternidad: - Los hermanos _cuenta la Leyenda de los Tres Compañeros_ se amaban, ayudaban y daban de comer como una madre a su hijo único38. ¡Qué inmenso amor el que ellos se tenían! _escribe Celano, el primer biógrafo de Francisco en un texto que desborda ternura _Cuando se hallaban juntos en algún lugar o se topaban unos con otros de camino, era de ver el amor que brotaba entre ellos y cómo difundían un afecto verdadero…, que se manifestaba… en la conversación agradable, en el rostro festivo… Eran concordes en el ideal, diligentes, en el servicio, infatigables en las obras. | ||
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37 Francisco de Asís, 1 Regla 9, 10-11. Cf. 2 Regla 6-8- 38 Leyenda de los Tres Compañeros, 41. | ||
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Al despreciar todo lo terreno y al no amarse a sí mismos con amor egoísta, centraban todo el afecto en la comunidad y se esforzaban en darse a sí mismos para atender a las necesidades de los demás. Deseaban reunirse, y reunidos se sentían felices; en cambio, era penosa la ausencia; la separación, amarga, y dolorosa la partida39. Y ese mismo testimonio de humanidad que quiso que distinguiese a sus seguidores a nivel familiar, quiso también que los distinguiese en medio de la sociedad: - Y cualquiera que venga a vosotros, amigo o enemigo, ladrón o salteador _encomienda a sus frailes_, sea acogido benignamente40. - Guardaos _les dice en otra ocasión_ de alteraros o enojaros por el pecado o defecto del otro…, ayudad más bien al culpable como mejor podáis, pues no son los sanos los que necesitan del médico, sino los enfermos41. - Sentíos dichosos _insiste, aún_ cuando os halléis entre gente de baja condición y despreciada, entre los pobres y los débiles, entre los enfermos y los leprosos y con los que piden limosna a la vera del camino42. Preferencia por los marginados Hay, no obstante, un matiz que Francisco quiso que distinguiese de forma especial el testimonio de humanidad de sus seguidores. Se trata del matiz de la misericordia, ese amor fiel y "a la medida", esa ternura personalizada que impulsa a amar más allí donde hay una mayor carencia o necesidad.43 En un texto que muy bien podemos considerar como la Carta magna de la misericordia dentro de la literarura cristiana, Francisco escribe así a un hermano que le pedía consejo sobre qué hacer con otro que constantemente le mortificaba: - Ama al que se porta así contigo _comenzaba por decir_ y no pretendas de él más de lo que el Señor te conceda obtener de él. Y "ámalo tal como es" y no pretendas que sea mejor cristiano para ti. | ||
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39 Celano, T. Vida primera, 38-39. 40 Francisco de Asís, 1 Regla 7,14. 41 Francisco de Asís, 1 Regla 5, 7-8. Cf. 2 Regla. 7,3 42 Francisco de Asís, 1 Regla 9,2. Cf. Leyenda de los Tres Compañeros, 58. 43 Sobre el tema de la misericordia no nos detenemos más aquí, pues se volverá sobre él en la II y IV parte de la presente obra. | ||
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Y quiero conocer _añade poniendo el amor a la medida como la verdadera medida del amor_ si tu amas al Señor y a mí en esto: que no haya en el mundo hermano alguno que, por mucho que haya pecado, después de haber visto tus ojos, se aparte de ti sin conseguir el perdón, si te lo pide, y si no, pregúntale tú si lo quiere. Y si mil veces volviera a pecar en tu presencia, ámale más que a mí para atraerlo al Señor… Y muéstrate siempre compasivo con los tales… Y quienes hayan tenido noticia de su pecado, no le avergüencen ni hablen mal de él, antes bien, usen con él de gran misericordia… porque no son los sanos los que tienen necesidad de médico, sino los enfermos44. Y ha sido precisamente ese matiz de la misericordia el que ha distinguido tradicionalmente la pedagogía franciscana como una pedagogía que ha sabido educar desde el sentimiento hecho vida y testimonio en los propios educadores: - Que la paz que anunciáis de palabra _insistía el propio Francisco a los suyos_ la tengáis, y en mayor medida, en vuestros corazones. Que ninguno se vea provocado por vosotros a la ira o escándalo, sino que por vuestra mansedumbre todos sean inducidos a la paz, a la benignidad y a la concordia45. Hay, al respecto, un texto en la literatura franciscana que considero paradigmático de toda esa educación desde el sentimiento y el afecto, y que transcribiré como final de este capítulo, por su conexión con el mundo mismo de la pedagogía encaminada a la recuperación de los niños y jóvenes en conflicto: - En el eremitorio que los hermanos tienen encima de Borgo San Sepolcro, sucedió que venían, a veces, unos ladrones a pedir pan a los hermanos; vivían escondidos en los grandes bosques de la provincia, pero de vez en cuando salían de ellos para despojar a los viajeros en la calzada o en los caminos. Algunos hermanos del lugar decían: "no está bien que les demos limosna, ya que son bandidos que infieren tantos y grandes males a los hombres". Otros, teniendo en cuenta que pedían limosna con humildad y obligados por gran necesidad, les socorrían algunas veces, exhortándoles, además, a que se convirtieran e hicieran penitencia. Entre tanto llegó el bienaventurado Francisco al eremitorio. Y como los hermanos le pidieron su parecer sobre si debían o no socorrer a los bandidos, respondió: "si | ||
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44 Francisco de Asís, Carta a un Ministro. 45 Leyenda de los Tres Compañeros, 58. | ||
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hacéis lo que voy a deciros, tengo la confianza de que el Señor hará que ganéis las almas de esos hombres". Y les dijo: "Id a proveeros de buen pan y de buen vino y llevadlos al bosque donde sabéis que ellos viven y gritad: `¡Venid, hermanos bandidos! Somos vuestros hermanos y os traemos buen pan y buen vino'. Enseguida acudirán a vuestra llamada. Tended un mantel en el suelo y colocad sobre él el pan y el vino y servídselos con humildad y buen talante. Después de la comida exponedles la palabra del Señor y por fin hacedles, por amor del Señor, un primer ruego; que os prometan que no golpearán ni harán mal a hombre alguno en su persona. Si pedís de ellos todo de una vez, no os harán caso. Los bandidos os lo prometerán al punto movidos por vuestra humildad y por el amor que les habéis demostrado. Al día siguiente, en atención a la promesa que os hicieron, les llevaréis, además de pan y vino, huevos y queso, y les serviréis mientras comen. Terminada la comida, les diréis: `¿por qué estáis aquí todo el día pasando tanta hambre y tantas calamidades, maquinando y haciendo luego tanto mal? Si no os convertís de esto, perderéis vuestras almas. Más os valdría servir al Señor, que os deparará en esta vida lo necesario para vuestro cuerpo y luego salvará vuestras almas'. Y el Señor, en su misericordia, les inspirará que se conviertan por la humildad y caridad que habéis tenido con ellos46. Algo de todo lo dicho en este último apartado es, por lo demás, lo que el propio padre Luis Amigó quiere transmitir en esta estampa de Francisco que nos deja en sus escritos: - Llevado de su amor, Francisco se hacía todo para todos a fin de salvarlos… Lloraba con los afligidos… buscaba con solicitud más que paternal a los extraviados para con sus exhortaciones, amonestaciones y, más que todo, con la ternura de su amor, conducirles al camino de la salvación… En su magnánimo corazón todos tenían cabida, no reconociendo límites su liberalidad, su compasión y su amor47. | ||
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46 Leyenda de Perusa, 115. Cf. también, Espejo de Perfección, 66. Este texto es considerado por algunos estudiosos como el sustrato histórico que habría dado lugar a la leyenda del Lobo de Gubio (Cf. Florecillas, 21). En realidad, tanto el pasaje, como el mismo del lobo, quieren poner de manifiesto que los recursos del corazón son los más efectivos a la hora de colaborar en la recuperación de quien anda como perdido por la vida. 47 Amigó, L. OC, 1020. | ||
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REFERENCIAS PARA LA AMPLIACIÓN DEL TEMA
Capítulo I. Para la ampliación de lo tratado en el capítulo I de esta parte I, se recomienda la lectura pausada y reflexiva de algunas de las múltiples biografías que han sido publicadas sobre el padre Luis Amigó. No obstante, entre todas ellas, hay que resaltar el inigualable valor que posee, por sus propias características, la Autobiografía, es decir, la narración que hizo sobre su vida el propio padre Luis Amigó y que él tituló: Apuntes sobre mi vida.
Capítulo II. A. Sobre el concepto antropológico cristiano, seguido por Luis Amigó, puede consultarse: - Testigos del Amor de Cristo, especialmente, p. 50-54; 75-76, 286-289 y 315-316. - Identidad Amigoniana, p. 4-23. - Identidad Amigoniana II, p. 12-25 - Alborada, no. 310 p. 8-13.
B. Sobre el concepto de educación que Luis Amigó aprende en la cultura cristiana: - Testigos del Amor de Cristo, p. 77-84. - Trilogía Amigoniana, (separata) p. 22-26 y 97-98. - Identidad Amigoniana II, p. 12-17.
Capítulo III. Como ampliación de la determinante influencia que Francisco de Asís ejerció sobre la persona del padre Luis Amigó y, desde él, en la tradición amigoniana, puede consultarse: - Testigos del Amor de Cristo, p. 163-170 y 182 _ 188. - Identidad Amigoniana, p. 24-34. Para profundizar también en ese sentimiento franciscano de atención preferencial por los marginados y de su recuperación por vía del corazón, que tanto influyó en la configuración de la identidad amigoniana, se propone tam | ||
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bién la lectura y comentario sobre esta famosa poesía de Rubén Darío, titulada Los motivos del lobo:
El varón que tiene corazón de lis, alma de querube, lengua celestial, el mínimo y dulce Francisco de Asís, está con un rudo y torvo animal, bestia temerosa, de sangres y de robo, las fauces de furia, los ojos de mal: ¡el lobo de Gubbia, el terrible lobo! Rabioso, ha asolado los alrededores; cruel, ha deshecho todos los rebaños; devoró corderos, devoró pastores, y son incontables sus muertes y daños. Fuertes cazadores armados de hierros fueron destrozados. Los duros colmillos dieron cuenta de los más bravos perros, como de cabritos y corderillos. Francisco salió: al lobo buscó en su madriguera. Cerca de la cueva encontró a la fiera enorme, que al verle se lanzó feroz contra él. Francisco, con su dulce voz, alzando la mano, al lobo furioso dijo: -"¡Paz , hermano lobo!" El animal contempló al varón de tosco sayal; dejó su aire arisco, cerró las abiertas fauces agresivas, y dijo: -"¡Está bien, hermano Francisco!" "¡Cómo! _exclamó el santo_. ¿Es ley que tú vivas de horror y de muerte? ¿La sangre que vierte tu hocico diabólico, el duelo y espanto que esparces, el llanto | ||
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de los campesinos, el grito, el dolor de tanta criatura de Nuestro Señor, no han de contener tu encono infernal? ¿Vienes del infierno? ¿Te ha infundido acaso su rencor eterno Luzbel o Belial?" Y el gran lobo, humilde: _ "¡Es duro el invierno, y es horrible el hambre! En el bosque helado no hallé qué comer; y busqué el ganado, y en veces comí ganado y pastor. ¿La sangre? Yo vi más de un cazador sobre su caballo, llevando el azor al puño; o correr tras el jabalí, el oso o el ciervo; y a más de uno vi mancharse de sangre, herir, torturar, de las roncas trompas al sordo clamor, a los animales de Nuestro Señor. ¡Y no era por hambre, que iban a cazar!" Francisco responde: -"En el hombre existe mala levadura. Cuando nace, viene con pecado. Es triste. Más el alma simple de la bestia es pura. Tú vas a tener desde hoy qué comer. Dejarás en paz rebaños y gente en este país. ¡Que Dios melifique tu ser montaraz!" _ "Está bien, hermano Francisco de Asís." _ "Ante el Señor, que todo ata y desata, en fe de promesa tiéndeme la pata." El lobo tendió la pata al hermano de Asís, que a su vez le alargó la mano. Fueron a la aldea. La gente veía y lo que miraba casi no creía. Tras el religioso iba el lobo fiero, y, baja la testa, quieto le seguía | ||
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como un can de casa, o como un cordero. Francisco llamó la gente a la plaza y allí predicó. Y dijo: _ "He aquí una amable caza. El hermano lobo se viene conmigo; me juró no ser ya vuestro enemigo, y no repetir su ataque sangriento. Vosotros, en cambio, daréis su alimento a la pobre bestia de Dios". _"¡Así sea!," contestó la gente toda de la aldea. Y luego, en señal de contentamiento, movió testa y cola el buen animal, y entró con Francisco de Asís al convento. Algún tiempo estuvo el lobo tranquilo, en el santo asilo. Sus bastas orejas los salmos oían y los claros ojos se le humedecían. Aprendió mil gracias y hacía mil juegos cuando a la cocina iba con los legos. Y cuando Francisco su oración hacía, el lobo las pobres sandalias lamía. Salía a la calle, iba por el monte, descendía al valle, entraba en las casas y le daban algo de comer. Mirábanle como a un manso galgo. Un día, Francisco se ausentó. Y el lobo dulce, el lobo manso y bueno, el lobo probo, desapareció, tornó a la montaña, y recomenzaron su aullido y su saña. Otras vez sintióse el temor, la alarma, entre los vecinos y entre los pastores; colmaba el espanto los alrededores, de nada servían el valor y el arma, pues la bestia fiera no dio treguas a su furor jamás, | ||
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como si tuviera fuegos de Moloch y de Satanás. Cuando volvió al pueblo el divino santo, todos lo buscaron con quejas y llanto, y con mil querellas dieron testimonio de lo que sufrían y perdían tanto por aquel infame lobo del demonio. Francisco de Asís se puso severo. Se fue a la montaña a buscar al falso lobo carnicero. Y junto a su cueva halló a la alimaña. _"En nombre del Padre del sacro universo, conjúrote _dijo_, ¡oh lobo perverso!, a que me respondas: ¿por qué has vuelto al mal? Contesta. Te escucho." Como en sorda lucha, habló el animal, la boca espumosa y el ojo fatal: _"Hermano Francisco, no te acerques mucho… Yo estaba tranquilo allá en el convento; al pueblo salía, y si algo me daban estaba contento y manso comía. Más empecé a ver que en todas las casas estaban la envidia, la saña, la ira, y en todos los rostros ardían las brasas de odio, de lujuria, de infamia y mentira. Hermanos a hermanos hacían la guerra, perdían los débiles, ganaban los malos, hembra y macho eran como perro y perra, y un buen día todos me dieron de palos. Me vieron humilde, lamía las manos y los pies. Seguía tus sagradas leyes, todas las criaturas eran mis hermanos: los hermanos hombres, los hermanos bueyes, hermanas estrellas y hermanos gusanos. Y así, me apalearon y me echaron fuera. | ||
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Y su risa fue como un agua hirviente, y entre mis entrañas revivió la fiera; y me sentí lobo malo de repente; más siempre mejor que esa mala gente. Y recomencé a luchar aquí, a me defender y a me alimentar. Como el oso hace, como el jabalí, que para vivir tienen que matar. Déjame en el monte, déjame en el risco, déjame existir en mi libertad, vete a tu convento, hermano Francisco, sigue tu camino y tu santidad." El santo de Asís no le dijo nada. Le miró con una profunda mirada, y partió con lágrimas y con desconsuelos, y habló al Dios eterno con su corazón. El viento del bosque llevó su oración, que era: "Padre nuestro, que estás en los cielos…" | ||
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ILUSTRACIÓN | ||
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PÁGINA EN BLANCO | ||
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Capítulo I. El objetivo, encontrar sentido a la vida.
Capítulo II. El medio, fortalecer la voluntad.
Capítulo III. El credo, fe ciega en el hombre
Capítulo IV. El ambiente, familiar
Referencias para la ampliación del tema | ||||
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Después de habernos internado en la primera parte de esta obra en el sentimiento antropológico y pedagógico que sigue personalmente el padre Luis Amigó, se hace imprescindible profundizar en esta segunda parte cómo acogió la tradición amigoniana ese mismo sentimiento y cómo lo fue desarrollando y constituyendo, con el tiempo, en soporte y fundamento de su identidad y acción, de su ser y hacer, en definitiva, de la amigonianidad.
Como es natural algunas de las ideas de fondo desarrolladas en la primera parte, necesitarán retomarse aquí, aunque se les intentará dar una orientación, en la exposición, que complemente lo dicho anteriormente. | |||
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EL OBJETIVO, ENCONTRAR SENTIDO A LA VIDA | ||||||
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De acuerdo al pensamiento de su iniciador _el padre Luis Amigó_ y en sintonía, a través de él mismo, con la cultura cristiana, la pedagogía amigoniana ha considerado siempre al hombre como un proyecto de amor y, en consecuencia, ha orientado de forma primordial su acción educativa a acompañar a sus educandos en el fascinante y comprometido itinerario hacia su propio crecimiento y maduración en alteridad. Jóvenes apartados del camino de la verdad y del bien Para comprender, sin embargo, en su profundidad lo arduo que resulta dicho objetivo en la práctica amigoniana, y poder discernir, desde el adecuado contexto, la complejidad que conlleva lo que, en sí, parece tan natural y simple, como es el favorecer en el hombre el desarrollo del amor, núcleo y germen de todo sentimiento humano, se hace imprescindible que nos adentremos _antes de proseguir con otras cuestiones, y aunque sea de forma somera_ en la tipología de los sujetos tradicionales de dicha pedagogía amigoniana a lo largo de su historia. Dentro del amplio abanico de lo que hoy se denomina pedagogía social, el quehacer amigoniano se ha centrado primordialmente en los niños, adolescentes y jóvenes en conflicto con la ley. Tales niños, adolescentes y jóvenes se han caracterizados fundamentalmente y de modo particular _de acuerdo a la experiencia histórica de los propios amigonianos_ por su desorientación ante la vida. El padre Luis Amigó solía referirse a ellos con la expresión jóvenes apartados del camino de la verdad y del bien1. Y dicha fórmula tiene, de | ||||||
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1 Amigó, L. OC, 1780. | ||||||
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alguna forma una validez permanente, aunque tiene necesidad de una cierta profundización ideológica. Que son jóvenes apartados del camino del bien es fácilmente entendible. Ellos, con sus actuaciones al margen o en contra de la ley, han sido declarados, incluso a nivel "oficial", personas al margen de lo " recto", de lo "bueno", de lo ético…, en definitiva, al margen del "bien", tal cual lo entiende y regula la misma ley. Más complicado resulta, sin embargo, entender en un primer momento la expresión apartados de la verdad. Y no obstante es esta expresión la que conlleva un profundo mensaje antropológico. La verdad _dentro del pensamiento cristiano, seguido, como se ha visto ya, por el padre Luis Amigó_ no es una mera categoría lógica, sino ontológica. No se trata de decir "verdades o mentiras". Se trata más bien de ser verdad o, por el contrario, ser una mentira. Ser verdad implica encontrar sentido gratificante a la propia existencia, es decir, saborear, disfrutar, la vida. Desde esa perspectiva, estar apartado del camino de la verdad supone estar viviendo, en carne propia, el peor drama que puede padecer un ser humano; el drama de estar biológicamente vivo sin haber encontrado la alegría de vivir; el drama de andar muerto por la vida; el drama de vivir desengañado 2 de la vida misma y de vagar por el mundo buscando, como un desesperado, la felicidad en falacias que, lejos de colmar las propias expectativas, abocan con vértigo creciente a quien las experimenta a sentimientos de frustración y vacío que hacen recordar de forma espontánea los sentimientos de desnudez experimentados por la primera pareja humana3. Y ese es precisamente el drama que viven _como en una especie de común denominador_ la gran mayoría de los niños y jóvenes con problemas. | ||
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2 La palabra desengaño concentra, desde su misma estructura semántica, el pensamiento antropológico cristiano que se ha venido desarrollando en torno al término verdad. El desengaño _que surge siempre en un contexto afectivo_ se produce cuando la persona se percata de que aquello que ella consideraba amor, no era más que una pura farsa. Desengaño significa, pues, salir del engaño en que se vivía al considerar verdad, _al creer amor_ lo que era en realidad una mentira. 3 Cf. Gn. 3, 10. | ||
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Por otra parte, ese drama vital y existencial que representa _como se verá en el capítulo siguiente _un gran handicap para posibilitar que la persona pueda asumir, con verdadera autonomía, opciones libres de cara a su futuro, dificulta también, y de forma seria, un verdadero proceso educativo encaminado al crecimiento en amor. Por lo general, detrás de ese drama al que nos estamos refiriendo y que se concreta _como se ha dejado dicho_ en un estado de creciente desorientación, que suele manifestarse en actuaciones más o menos incomprensibles a primera vista, ilógicas, violentas y hasta aberrantes, se esconde un lacerante drama afectivo, provocado por un profundo resentimiento de desafecto, sufrido por la persona en cuestión. Dicho desafecto ha sido en ocasiones tan traumático, que la persona llega a dar la sensación, no sólo de que ha perdido la capacidad de amar a otros, sino incluso _y esto es, a mi entender, mucho más dramático_ la capacidad de sentirse amada, apreciada, querida, valorada. En cómo superar ese drama; en cómo conseguir que esos niños y jóvenes _que han sufrido a veces verdaderos apaleamientos en su ser, que se han visto prostituidos en su psique y en su cuerpo, que se han sentido ninguneados_ lleguen a creer en el amor, en su gratuidad y en su bondad, se encuentra el gran desafío que ha tenido planteado desde siempre la pedagogía amigoniana en su proyecto de recuperar a la persona desorientada a través de un crecimiento integral. La felicidad como referente En su afán por acompañar a sus alumnos en el proceso de ir encontrando sentido a su propia existencia, mediante el crecimiento integral en el amor, la pedagogía amigoniana ha tenido siempre presente en su praxis educativa el referente de la felicidad. Con su clásica expresión educar para la vida, la tradición pedagógica amigoniana no sólo ha querido expresar que uno de los objetivos de su actuación es el de preparar adecuadamente al niño, al adolescente o al joven para que pueda reintegrarse después, con garantía suficiente de éxito, en su ambiente familiar y social y en el mundo labo | ||
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ral4, sino que con ella quiso expresar también, de alguna manera, el principio pedagógico de que el educando sólo se siente verdadera y libremente implicado en su proceso educativo, cuando percibe en su propia vida la bondad de lo que está haciendo; cuando es capaz de experimentar, a través de las distintas terapias educativas, un sentimiento de felicidad; cuando es capaz de saborear la vida con verdadero sentimiento de satisfacción y plenitud. Precisamente a lograr una tal experiencia positiva y feliz se orientaban todos aquellos medios que se encuadraban bajo el común denominador de la así llamada emulación. La emulación _como ya se ha dejado dicho, pero ahora conviene explicitar de una forma más enfática _más que con un contexto de competividad o rivalidad _que por su naturaleza, entraría en conflicto con un proceso de humanización fundado en el amor y en la alteridad_ hay que relacionarlo, dentro de la tradición amigoniana, con un contexto tendente a estimular o activar las posibilidades del propio ser, o, como alguien preferiría decir, a excitar la propia capacidad de afecto, o autoestima. Y algo de ello se pretendía también con el mismo sistema de vales, del que se hablará con más detenimiento en el próximo capítulo. Con él se pretendía, desde una perspectiva complementaria, que el educando aprendiese a valorar su entorno, sintiéndose, al mismo tiempo, artista y protagonista de sus propios logros. En realidad, la misma experiencia enseña que el recurso a la propia experiencia positiva de vida es el que ofrece más garantías de éxito en educación, dada la misma estructura del ser humano que busca instintivamente sentirse feliz. Todo hombre _por pobre que sea su nivel de instrucción académica_ es consciente de que hay experiencias que le ayudan a crecer y, otras, que lo enanizan; de que hay experiencias que lo plenifican y otras que lo vacían; de que las hay que lo ayudan a encontrar el sentido gratificante de la propia existencia y, otras, que lo sumergen en un creciente sinsentido vital; de que hay, en fin, experiencias que | ||||
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4 Sobre la expresión educar para la vida en este sentido que aquí se está tratando, puede consultarse sobre todo: Torrente, Valentín de, en Textos Pedagógicos de Autores Amigonianos, 12.401 y 12.448. | ||||
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dejan en su interior el buen sabor de la paz profunda y de la felicidad duradera, y otras que, pasadas las dulzuras del momento, lo sumen en sentimientos de angustia y frustración. Todo hombre es consciente de que en su vida hay experiencias de plenitud y de vacío, experiencias de éxtasis y de vértigo. Lo importante en educación es saber recurrir a esas mismas experiencias para que el alumno pueda evaluar con relación a ellas las situaciones pasadas y pueda descubrir luminosos caminos de futuro para su vida. No basta con decir al alumno: esto es bueno para ti y para tu vida; esto te hará feliz. Si el educador no es capaz de articular estrategias que hagan experimentar al alumno, en el aquí y ahora de su historia, la bondad y felicidad prometida, todo habrá sido en vano. La educación no puede limitarse a fomentar el bien, tiene que buscar, de alguna manera, la forma de favorecer su experiencia. El dicho pedagógico de quien bien te quiere, te hará llorar, necesita ser sustituido por otro que diga más o menos quien bien te quiere , buscará siempre que pued |